El sábado pasado fui a ver un espectáculo sobre musicales clásicos y confieso que no pude haber disfrutado más. Cierto es, no te voy a mentir, que la mayoría los había visto de pasada o la semana anterior para no perderme durante el show, pero quedé enamorada completamente de la puesta en escena, de las voces, de los actores y de todo el ambiente en general que crearon. Incluso me hizo olvidar todos los barullos que tenía en la cabeza, ya sabes cómo andaba mi familia y cómo ha acabado todo al final. Salí de casa sin ganas de nada, hasta pensé en no ir al teatro, pero ya lo tenía pagado y no iba a dejar a mi amiga de lado. Además sabía que salir me animaría aunque fuera un poco, y me arrepentiría luego si me quedaba en casa. Total que me encontré con mi amiga y nos fuimos las dos directas al teatro. No sé cómo lo hace, pero a su lado todo es más divertido. Entre eso y lo mucho que me gustó la obra casi se me olvida por qué estaba triste. Casi. De vez en cuando, en los oscuros me acordaba, pero me decía a mí misma que tenía que disfrutar y relajarme aunque solo fuese un rato.